Escrito por Xabi Murua
Publicado el 11/05/2026
Durante mucho tiempo, en muchas organizaciones se ha entendido la licitación como una cuestión de volumen: presentarse a muchas, cruzar los dedos y esperar que alguna entre. Nosotros también empezamos así. Y sí, funciona… hasta que descubres que el coste oculto es enorme: horas, energía, frustración y una sensación permanente de ir corriendo detrás de oportunidades en lugar de construir una estrategia.
Con el tiempo hemos aprendido que licitar es otra cosa: licitar es aprender a decidir. Decidir dónde sí. Dónde no. Cuándo merece la pena competir. Cuándo no tenemos encaje real. Cuándo una propuesta puede aportar valor diferencial y cuándo solo estamos rellenando formularios muy caros.
Y ese aprendizaje no ha venido de un manual. Ha venido de perder.
Mucho.
Hay un momento bastante liberador cuando entiendes que presentarse a todo no es una estrategia. Es ansiedad organizada.
Hemos aprendido a detectar señales:
Y también hemos aprendido a detectar lo contrario:
La diferencia entre unas y otras no siempre es evidente al principio. Pero con el tiempo desarrollas una especie de radar.
Hubo una época en la que bastaba con tener una buena metodología. Hoy no.
Ahora hay muchísima competencia. Mucha más sofisticación técnica. Y también más homogeneidad: las propuestas empiezan a parecerse demasiado entre sí. Todo el mundo habla de impacto, participación, gobernanza, innovación, escucha activa, dinamización y transversalidad. A veces lees varias memorias seguidas y parecen generadas por la misma inteligencia artificial con distinto logotipo.
Así que hemos tenido que aprender otra cosa: explicar mejor el criterio. No solo qué hacemos, por qué lo hacemos así, qué problema concreto estamos intentando resolver, qué riesgos vemos y qué decisiones metodológicas tomaríamos incluso aunque no fueran las más cómodas.
La experiencia nos ha enseñado que una propuesta sólida no es la que acumula más palabras técnicas. Es la que transmite que detrás hay gente que ya ha estado ahí antes.
En muchos concursos, la diferencia entre una propuesta mediocre y una excelente no está en la idea. Está en cómo se cuenta.
Hemos aprendido a:
Porque sí: las licitaciones también son una experiencia de usuario. Y probablemente no haya mayor gesto de empatía institucional que redactar una propuesta donde quien evalúa no necesite un machete para encontrar la información importante.
Esto es algo de lo que se habla poco. La forma en la que licitas acaba cambiando la forma en la que trabajas.
Te obliga a:
En nuestro caso, muchas de las mejoras internas de los últimos años nacieron preparando propuestas. No porque el concurso las exigiera directamente, sino porque intentar explicar bien cómo trabajas te obliga a entenderlo mejor. A veces una licitación perdida deja un aprendizaje mucho más valioso que una ganada.
Esta quizá sea la lección más incómoda. En el ecosistema de contratación pública confluyen muchos factores:
Y asumir eso también forma parte de madurar. Hay propuestas excelentes que no ganan, y propuestas mejorables que sí. Entender esto no significa caer en el cinismo, sino desarrollar resiliencia profesional.
#Equipo #Licitaciones #Ventas #Administracion
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