Escrito por Irene Coto
Publicado el 06/09/2024
Ciudadanía: una breve historia, obra del profesor e historiador Derek Heater, constituye un conciso pero exhaustivo ensayo que aborda la evolución de un concepto tan complejo como indispensable tanto en la comprensión del devenir sociopolítico del presente como en la vertebración del compromiso social de Osoigo.
En la que se podría considerar la publicación seminal de Heater, el autor ofrece una descripción pormenorizada de la ciudadanía en su dimensión histórica, dando lugar a un análisis diacrónico que arranca en la Esparta del año 700 a. C y llega hasta las controversias y debates que configuran el concepto en la actualidad.
Heater parte de la consideración de que la ciudadanía es una forma de identidad socio-política que implica la consagración de unos derechos y unos deberes que dimanan del estado y que los individuos -personas autónomas en situación de igualdad- deben cumplir. Así, los principios de autonomía, igualdad y participación en los asuntos públicos permiten distinguir a la ciudadanía de otras formas de identidad política como la feudal, la monárquica, la tiránica e incluso la nacional. Sin embargo, inmediatamente después, el autor pasa a reconocer que la ciudadanía, lejos de concitar una definición unívoca, es un fenómeno poliédrico que ha dado lugar a una multiplicidad de modelos interpretativos; desde las etapas propuestas por T.H. Marshall en su célebre Ciudadanía y clase social hasta los procelosos debates entre la tradición cívico-republicana y el pensamiento liberal, los intentos por tratar de explicar y categorizar el concepto han sido muchos y de muy distinta naturaleza.
En cualquier caso, el propósito de este volumen no es el de emitir una valoración argumentada de las distintas propuestas teóricas ni el de adoptar una de ellas como el marco de partida para defender la postura del autor, antes bien, lo que la obra pretende es la mera exposición de los múltiples debates y sus distintas aportaciones desde una perspectiva eminentemente descriptiva y -en la medida de lo posible- aséptica.
Tras iniciar el recorrido histórico en la ciudad-estado de Esparta, y frente a la concepción embrionaria de la ciudadanía del esquema espartano, aborda el desarrollo de otro modelo cívico en la democracia ateniense. La ciudadanía ateniense, cuya impronta pervive y es reivindicada frecuentemente en la actualidad, estaba basada en tres principios fundamentales: el ideal de igualdad, el disfrute de la libertad y la creencia en la participación. Este último precepto, la voluntad por ejercer la libertad en sentido positivo (Berlin, 1969) mediante la implicación en los debates políticos y a través del cumplimiento de las obligaciones en las instituciones de gobierno y justicia, representa uno de los aspectos más reconocibles de la democracia clásica cuya defensa formará parte de la tradición de pensamiento republicano y cuya reivindicación constituye uno de los principios que informan el quehacer cotidiano de Osoigo como entidad.
Tras una consideración sobre la idiosincrasia de la ciudadanía durante la etapa romana y su subordinación al cristianismo durante la Baja Edad Media, el itinerario propuesto lleva al lector al florecimiento de la ciudadanía municipal de las ciudades-estado italianas que tuvo lugar entre los siglos XI y XV y que se caracterizó por el retorno de los modelos clásicos -cuya impronta fue evidente en la nueva configuración de la ciudadanía-. Aunque cada ciudad-estado contaba con su propio sistema de gobierno y organización social, existían algunas características comunes a todas ellas, como el hecho de que para adquirir el estatus de ciudadano fuera condición sine qua non la posesión de algún tipo de propiedad en la ciudad; asimismo, la adquisición de la ciudadanía solía implicar un juramento por el que los hombres se comprometían a acatar las leyes, acudir a las reuniones, pagar sus impuestos y realizar el servicio militar. Además, y de una manera que recuerda especialmente al sistema de las polis griegas, los ciudadanos elegían entre ellos a los miembros de las asambleas y consejos que regían el estado -para lo que empleaban sistemas electores directos, indirectos y la clásica elección por sorteo-.
Sin embargo, con el paso del tiempo, las florecientes ciudades-estado medievales fueron dando paso a grandes potencias políticas bajo la forma del estado-nación. En un contexto en el que el poder monárquico era absoluto -o contaba con escasas cortapisas-, Heater se interroga, con suma pertinencia, sobre de qué manera era posible conjugar la condición de súbdito con la de ciudadano. A este respecto, existían respuestas diversas ya que si bien algunos pensadores como Thomas Hobbes propugnaban establecer una correlación entre ambas condiciones de manera que la ciudadanía fuera impuesta, otros intelectuales comenzaron a esbozar la necesidad de contar con instituciones representativas que fueran reflejo de los deseos del pueblo y limitaran el poder arbitrario del monarca.
La concreción de algunos de los debates teóricos que habían tenido lugar de manera incipiente en los siglos anteriores se produjo en lo que Heater denomina “la era de las revoluciones”, un período en el que proliferaron los tratados sobre ciudadanía, derechos y deberes. Desde este momento, empezarán a competir entre sí dos líneas de pensamiento que buscaran el predominio la una frente a la otra: el republicanismo, que inspirado por autores clásicos y renacentistas como Maquiavelo tuvo su continuación en las ideas ilustradas de Rousseau y Montesquieu; y el liberalismo, que inspiró la noción de los derechos civiles y encontró en Locke a uno de sus máximos exponentes. Esta proliferación de ideales liberales y cívico-republicanos acabaría cristalizando en las revoluciones francesa y americana, que, según el autor, constituyen un ejercicio de sincretismo entre ambas genealogías de pensamiento.
Sin perjuicio del recorrido histórico, una de las partes que reviste especial interés es aquella en la que se exponen algunas controversias y dilemas contemporáneos, como el que subyace a la relación entre ciudadanía y nacionalismo. En línea con el resto de la obra, estas páginas se limitan a recoger los planteamientos de distintas escuelas y las experiencias de diferentes sistemas políticos, escapando así del maniqueísmo y abordando el fenómeno desde distintos niveles y perspectivas. En este sentido, el capítulo parte de la tradicional distinción entre nacionalismo cívico y nacionalismo cultural, una categorización que, sin embargo, muchos autores han desestimado por responder a un tipo puro ideal que no es operativo en un contexto en el que la mayor parte de los Estados son ya ejemplo de una hibridación entre ambos modelos (Brubaker, 1992).
Pero lejos de agotar en esta distinción su planteamiento sobre el tema, Heater propone un esquema mucho más comprensivo en el que aborda la cuestión del binomio ciudadanía-nacionalismo en los estados multiculturales, los retos del federalismo ante lo que el autor denomina “ciudadanía estratificada” y un sucinto pero ilustrativo comentario sobre los casos de Suiza, Estados Unidos y la Unión Europea. Con respecto a la “ciudadanía estratificada”, que alude a la vinculación del estatus de ciudadano con distintos niveles territoriales, la mención parece imperativa pues en los estados con identidades cívicas dobles la complejidad de encontrar un equilibrio entre ambas constituye un reto cada vez más evidente; no se trata solo de una cuestión de provisiones constitucionales o políticas gubernamentales -que también podría ser objeto de disputa- sino que la participación, la identidad y la lealtad también deben acomodarse en ambas capas, lo que a menudo suponer un motivo de disenso entre los diferentes niveles, un debate que sigue siendo de absoluta vigencia y que resuena especialmente en el contexto socio-político español.
Otro de los aspectos más reseñables del libro es que a lo largo del texto se van recuperando citas, conceptos e ideas de pensadores clásicos esbozadas en los primeros capítulos, de manera que se acaba por construir un hilo que vincula las teorías y las prácticas del pasado con las del presente. Así ocurre, por ejemplo, con la cuestión del cosmopolitismo, a la que el autor dedica unas páginas en su estudio de la ciudadanía en la época romana y que vuelve a traer a colación a raíz de los debates sobre el nacionalismo, que se ven enriquecidos con unas reflexiones sobre la ciudadanía mundial. Desde los estoicos hasta la propuesta de democracia cosmopolita de David Held pasando por las teorías desarrolladas por Kant en Sobre la paz perpetua, Heater demuestra una capacidad magistral por dejar constancia de la continuidad histórica que caracteriza a las propuestas sobre la consideración de los hombres como ciudadanos de un estado universal de la humanidad -así como a muchas otras ideas cuya presencia atraviesa la obra-.
Por último, en el capítulo final Heater recopila un conjunto de reflexiones sobre distintos aspectos que son transversales en la historia de la ciudadanía pero que para el autor merecen una mención destacada. Entre ellos estaría: la inclusión de los derechos sociales como parte inalienable de la ciudadanía tal y como enunciara T.H. Marshall en 1949; los gobiernos autocráticos en los que el papel de la ciudadanía queda reducido a garantizar el apoyo acrítico del régimen; unas consideraciones sobre la influencia de la cultura política en la consolidación de la cultura cívica y el desarrollo de una ciudadanía participativa en los países democráticos; la situación de la mujer como sujeto al que sistemáticamente se le han negado los derechos de ciudadanía a lo largo de la historia; y el papel de la educación como institución para la socialización de la población en los valores cívicos. Como no es posible pasar revista a todas las cuestiones abordadas, ciño mi comentario al especial interés que suscitan las contribuciones relativas a la cultura política cívica (Almond y Verba, 1963), la socialización y la construcción de una sociedad civil afianzada, ya que se trata de aspectos que permean la totalidad de la obra y que son fundamentales para una comprensión de la ciudadanía en sentido republicano.
En definitiva, Ciudadanía: una breve historia acaba por constituir una obra pedagógica y sencilla a la par que ambiciosa dada la inconmensurabilidad de los periodos y disyuntivas abordadas. A pesar de ser un libro de carácter eminentemente introductorio, se puede concluir que Heater resuelve con éxito su propósito de revelar cómo la comprensión de la ciudadanía en el pasado, con todas las metamorfosis producto de su evolución histórica, puede arrojar luz sobre su situación en el presente. Asimismo, se puede corroborar que el autor evita mostrar su compromiso o simpatía por ninguna de las aproximaciones abordadas, siendo coherente con su intención inicial de ofrecer un panorama general de las interpretaciones y posturas más relevantes pero sin incurrir en la emisión de juicio o valoración alguna.
A modo de cierre resta decir que esta lectura, que con la progresión de las páginas se vuelve más amena y didáctica, es recomendable no solo para aquellos que, como desde Osoigo, se interesen por la ciudadanía democrática, sino también para todas aquellas personas concernidas por los dilemas que afronta el pensamiento político contemporáneo.
Referencias
Almond, G. A. y Verba, S. (1963). La cultura cívica. Estudio sobre la participación política democrática en cinco naciones. Madrid: Euramerica.
Berlin, I. (1969). “Two Concepts of Liberty”, Four Essays on Liberty. Inglaterra: Oxford University Press, pp. 118-172.
Brubaker, R. (1992). Citizenship and nationhood in France and Germany, Harvard University Press
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